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Reflexiones sobre la narrativa del síndrome del perro del hortelano de Alan García

29 sept 2024
3 min de lectura

El presente artículo ha sido redactado por Carol Diana Vilchez Estrella a modo de un susurro que invita a la reflexión.


«Ni come ni deja comer», dice un antiguo refrán que captura de manera precisa la esencia del síndrome del perro del hortelano; frase inmortalizada en el escrito del expresidente Alan García (2007) para el diario El Comercio. Visto ello, este síndrome se adentra en las raíces más profundas de nuestra sociedad, donde la tierra fértil yace estéril, y los recursos, en lugar de florecer, se hunden en el olvido, como bien describía García. A propósito, esta inmovilidad, que ahoga el avance, se repite en cada rincón de nuestro país, como una triste melodía que pocos parecen querer escuchar.


Por ejemplo, ¿cuántas veces hemos visto cómo las tierras de la Amazonía, vastas y verdes, permanecen dormidas? Millones de hectáreas que, bajo una nube de burocracia y egoísmo, no logran florecer. Mientras el mundo avanza, el Perú se queda quieto, incapaz de tomar lo que le pertenece. Al mismo tiempo, esas tierras no se ceden, ni se dejan para que otros las trabajen, ni siquiera para que el país vea en ellas su riqueza. Es más, el miedo a la inversión externa bloquea toda posibilidad de desarrollo, como si proteger el pasado fuera más importante que abrirle paso al futuro​.


Asimismo, observamos este síndrome en nuestras ciudades, en las calles y avenidas donde el crecimiento parece una promesa lejana. Por ejemplo, Lima, la capital que crece entre contrastes, ve cómo sus cerros se llenan de casas precarias, mientras que terrenos vacíos, denunciados hace años, no logran convertirse en hogares ni en oportunidades. Por otra parte, el avance de infraestructura se frena, ya sea por intereses personales o por el miedo al cambio. Así, las promesas de progreso quedan atrapadas en el aire, como una hoja que no logra tocar el suelo​.


Y aun así, el síndrome del perro del hortelano no solo afecta las grandes obras, sino también lo cotidiano. A saber, en muchas comunidades del país, vemos cómo las pequeñas empresas familiares luchan por sobrevivir sin apoyo, mientras otras se resisten a crecer por miedo a la competencia. A su vez, en mercados como el de Gamarra, donde el talento y el esfuerzo son innegables, la falta de incentivos y las barreras para acceder a crédito impiden que muchas de estas empresas se expandan. Por consiguiente, el país entero pierde la oportunidad de aprovechar el potencial de miles de emprendedores que podrían dinamizar la economía​.


Más aún, en el sector educativo, el síndrome del perro del hortelano se presenta en el desinterés por mejorar la calidad de la enseñanza. Como muestra, el centralismo sigue frenando a muchas regiones, donde las escuelas carecen de los recursos necesarios para ofrecer una educación de calidad. Es decir, mientras algunas instituciones de la Ciudad de los Reyes cuentan con tecnología avanzada, los colegios en la sierra y selva luchan por tener lo más básico. Incluso, aquellos que logran salir adelante lo hacen con esfuerzos individuales, sin el apoyo del sistema, perpetuando la desigualdad que impide el desarrollo de talentos locales​.


Sin embargo, también hay esperanza. El cambio es posible si entendemos que dejar de ser el perro del hortelano no significa perder, sino compartir. De hecho, cuando permitimos que otros crezcan, nosotros también lo hacemos. Así, por ejemplo, pensemos en las iniciativas comunitarias que, en algunos pueblos, han logrado transformar tierras áridas en campos productivos. Es decir, cuando las comunidades abren sus puertas a la colaboración, al intercambio de conocimientos, florece una nueva realidad, donde todos ganan y el Perú se enriquece.


Finalmente, la solución está en nuestras manos. Si bien hemos dejado que este síndrome nos encadene por años, también somos capaces de romper esas cadenas. Es más, el futuro de nuestro país depende de que abramos los ojos y dejemos de ser ese perro que no come ni deja comer. En conclusión, solo compartiendo, solo permitiendo que otros avancen, lograremos avanzar todos. De igual forma, nuestro querido Perú podrá descubrir todo el potencial que ha guardado bajo llave, y con ello, escribir una nueva historia, donde el egoísmo se desvanezca y el progreso florezca.


REFERENCIAS

García Pérez, A. (2007). El síndrome del perro del hortelano. El Comercio.

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