Dos mundos, un Perú: herencia arguediana
Actualizado: 16 ene
José María Arguedas llamó al Perú el país de “todas las sangres”. No existe definición más certera. Basta escarbar mínimamente en su historia para advertir que el Perú —como el Aleph de Borges— contiene al mundo entero en un espacio reducido: una confluencia de lenguas, memorias, culturas y contradicciones. Tal como afirmó Mario Vargas Llosa al recibir el Premio Nobel de Literatura en 2010, el Perú es un país que no posee una sola identidad porque las contiene todas.
Ante los ojos del mundo, el Perú se presenta como una inquietante maravilla. Más que un Estado pluricultural y pluriétnico, es un territorio privilegiado por una potencia cultural excepcional, alimentada por manifestaciones artísticas, estéticas y simbólicas que sobreviven al paso del tiempo. Su vasto patrimonio arqueológico no solo resguarda vestigios materiales, sino también saberes, tradiciones, cosmovisiones y memorias —muchas veces dolorosas— de pueblos indígenas, grupos étnicos y comunidades históricamente silenciadas.
Sin embargo, esta diversidad, lejos de consolidarse como una fortaleza, ha convivido con una herida estructural: la desigualdad. La historia republicana del Perú arrastra una deuda persistente con sus poblaciones más vulnerables. Los problemas sociales, económicos y ambientales encuentran una de sus raíces más profundas en la corrupción sistemática del poder político, una práctica que ha deteriorado el tejido moral de la sociedad y ha normalizado conductas deshumanizantes. El saldo más grave de esta degradación recae sobre los pueblos indígenas, históricamente marginados del ejercicio pleno de sus derechos.
La discriminación en el Perú no es un fenómeno aislado ni reciente; constituye una práctica social arraigada. Una encuesta nacional realizada en 2004 reveló que el 46,5 % de la población había sufrido algún tipo de discriminación, evidenciando que el acceso efectivo a los derechos continúa privilegiando a determinados sectores sociales, particularmente a hombres blancos y económicamente favorecidos (DEMUS, 2005). Esta realidad expone una fractura profunda entre el discurso jurídico de igualdad y su aplicación concreta.
Desde una perspectiva jurídica y social, la discriminación implica un trato diferenciado basado en criterios prohibidos que limita o anula el ejercicio de derechos fundamentales. Se sustenta en prejuicios negativos y se manifiesta a través de exclusiones, restricciones o preferencias fundadas en la raza, el color, el idioma, la religión o la condición social. En el Perú, estas prácticas han sido peligrosamente normalizadas, convirtiéndose en parte del paisaje cotidiano.
La literatura peruana ha sido un espacio privilegiado para denunciar esta fractura. Autores como César Vallejo, en Paco Yunque, retrataron tempranamente la violencia simbólica ejercida contra los hijos de la servidumbre en el ámbito escolar. No se trata de ficciones aisladas, sino de testimonios literarios que revelan una realidad persistente.
En este panorama, la figura de José María Arguedas emerge con una fuerza singular. Su obra no solo narra el conflicto entre el mundo indígena y el mundo blanco, sino que lo encarna. Arguedas escribió desde la herida, desde una vivencia íntima marcada por el desarraigo, el maltrato y la convivencia profunda con la cultura andina. Obras como Agua, Warma Kuyay y Los ríos profundos constituyen una protesta ética y estética contra la deshumanización del indígena, al tiempo que celebran la riqueza espiritual del mundo andino.
Para Arguedas, las razas no existían como realidades biológicas, sino como construcciones sociales al servicio de la dominación. Lo que sí existía —y persiste— era la discriminación. Su literatura cuestiona frontalmente la jerarquización racial heredada desde la conquista, ese primer encuentro traumático entre dos mundos que marcó el destino del Perú. Desde la llegada de los españoles en el siglo XVI, la convivencia fue impuesta bajo la violencia, la incomprensión lingüística y la imposición cultural.
El indigenismo surgió, en este contexto, como una corriente intelectual y política orientada a revalorizar las culturas originarias y denunciar su exclusión histórica. Durante el siglo XX, esta corriente encontró en la literatura uno de sus principales vehículos de expresión. Autores como Enrique López Albújar, Ciro Alegría y Clorinda Matto de Turner contribuyeron a visibilizar el mundo andino desde distintas perspectivas, sentando las bases para la obra arguediana. Ciro Alegría, por ejemplo, exploró la relación de subordinación del campesino frente al hombre blanco, buscando una conciliación simbólica entre ambos mundos. Enrique López Albújar, con Cuentos andinos, inauguró una narrativa que otorgó voz literaria a los Andes, influyendo decisivamente en generaciones posteriores. Sin embargo, fue Arguedas quien llevó el indigenismo a su máxima expresión, integrando lengua, cosmovisión y experiencia vital en una propuesta literaria única.
Nacido en Andahuaylas en 1911, Arguedas vivió una infancia marcada por la pérdida materna y el maltrato de su madrastra, lo que lo condujo a refugiarse en la comunidad indígena. Estas vivencias moldearon su sensibilidad y su compromiso ético. Los ríos profundos refleja con claridad esta infancia desgarrada, mientras que su trayectoria académica y docente consolidó su pensamiento crítico sobre la realidad peruana.
No obstante, la intensidad de su compromiso tuvo un alto costo. Arguedas vivió un conflicto profundo entre su deseo de preservar la cultura indígena en su autenticidad y su anhelo de justicia social. La falta de respuestas reales a su lucha, sumada a su sensibilidad extrema, lo condujo a una crisis existencial que culminó trágicamente en 1969.
Hoy, más de medio siglo después, la herencia arguediana sigue interpelando al Perú. La discriminación persiste, aunque adopte formas más sutiles. Los premios, homenajes y manifestaciones culturales que evocan su nombre no deben convertirse en gestos vacíos, sino en llamados urgentes a revisar nuestra convivencia social.
“A mis hermanos blancos y de todas las sangres, les pido depongan el racismo. Les dejo la utopía de un mundo unido, solidario, justo y equitativo”, escribió Arguedas. Esa utopía aún no se ha cumplido. La pregunta que permanece abierta es si el Perú está dispuesto, finalmente, a reconciliarse consigo mismo.
Carol Vilchez.
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